RETRATOS DE UNA DAMA

POR: Edison David Ramirez Serna

Te llamas doña Silvana y llevas collares finos, un cristo de oro, un par de pendientes, un par de perlas, un par de miedos, un par de recuerdos que guardas en el armario, un par de cartas viejas del hombre que despreciaste, porque andaba descalzo, mirando la luna, contemplando tu sombra, tus manos, tus hermosas mejillas.
Te llamas doña Silvana y tienes una mansión grande, una docena de sirvientes, un avión pintado de rosa, un par de niñas que te dicen ‘‘Hi, hi, mother, we are going to New York to see dad’’.
Te llamas doña Silvana y tienes cuarenta años, una soledad callada, una adicción al tinto, al buchanan’s, al club de bingo, al cigarro importado que trajo tu esposo, ese anciano rechoncho y sin gracia que viene cada mes, o cada dos meses, con olor a cansancio, a caudillo, a recibos sin pagar, a desprecio, a beso en la mejilla.
Antes te llamaban Silvanita, la niña Silvana, la monita de pecas hermosas, ¿Recuerdas? Así te llamaba el muchacho de los pies descalzos, el tonto que miraba la luna y te cantaba canciones, el tonto de cabellos rizados que te escribía poemitas con mala ortografía en los papeles de colores y en el tablero del colegio. ¿Recuerdas tu colegio? Allí no tenías precio, allí no eras una dama respetable y tiesa, allí te ensuciabas, jugabas a las comidas con arena de las canchas, hacías muñecas de trapo y saltabas de alegría.
Antes te llamaban Silvanita, la niña Silvana, la monita de pecas hermosas, pero pronto te llamarían doña Silvana, la señora del senador, la vieja estirada del pueblo, la ilustre pecadora del obispo municipal. El muchacho de los pies descalzos se fue para siempre, sabía que pesaba más un billete, una pepita de oro, un avión pintado de rosa, que sus miserables poemas, que sus canciones pobres.
Te llamas doña Silvana y tienes cuarenta años y un cajón lleno de ausencias, se fueron las caricias, los besos en el alba, los ‘‘Te quiero para siempre’’ en las noches torrenciales, los abrazos dulces de sábado por la tarde. Tu esposo viene de cuando en cuando, viene a ver su trofeo, viene para mirarte, para mirar su triunfo, el triunfo de sus billetes, el triunfo de su renombre, el triunfo de su apellido, el triunfo de su emporio de criminales.
¿Qué ha pasado contigo? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? Te preguntas, te preguntas y te preguntas frente al gran espejo que adorna tu cuarto. Pasa que un día creciste, bella señora, pasa que te compraron y no te diste cuenta, pasa que querías un avión rosado, unos pendientes de oro y unos cuantos sirvientes, pasa que el muchacho descalzo solo tenía avioncitos de papel, pendientes de fantasía y un corazón demasiado lleno, demasiado, por eso no le cabían las mansiones, las minas o los grandes edificios.
‘‘¿De qué sirve el corazón humano sin mansiones, sin minas de oro, sin súbditos o sirvientes humillados?’’ Le preguntas a la dama, a la señora de alcurnia que te mira tras aquel espanto que anuncia sin consuelo la vejez a los hombres. Ella no te responde, ¿Para qué? Tú tienes la respuesta, el corazón sin mansiones, sin minas de oro, es un triste vagabundo condenado al destierro, una crucifixión enrojecida, un calvario solitario, donde la locura, el vicio y el abandono reinan con sus grilletes de hierro.
Te llamas doña Silvana y tienes cuarenta años, unas cuantas arrugas, en tus tantas noches de insomnio, no has podido saber si eres mujer, mujer-trofeo, o trofeo-mujer. La verdad es que eres un poco de ambas cosas, un poco trofeo, un poco mujer, eres la mujer del senador, del que compra